La naturaleza no es un lugar

 

Los gatos simbolizan de manera extraña la ambigua frontera entre la logística agrícola y su (indeslindable) exterior. A los perros no los dejamos sueltos por ahí. Es como si quisiéramos usar a los gatos para convencernos a nosotros mismos de que existe la naturaleza”.


– Timothy Morton (2019) Ecología Oscura.

La naturaleza es una de las ficciones que nos contamos y que dentro de nuestro sistema de creencias suele aparecer como ‘lo otro’ que no es humano. Es interesante porque es uno de los signos más universales. Extendido por la visión occidental y positivista, está tan arraigado a nuestra concepción de realidad que ha configurado toda suerte de creencias y narrativas. Es muy probable que se pueda tener una plática sobre el impacto ecológico de determinada acción gubernamental, sobre la deforestación, sobre las extinciones; en distintos ámbitos, en distintas ciudades y casi todos los participantes de la plática podrán opinar, entender y arquear las cejas  en un gesto de condescendiente gravedad.

Las otras visiones, más particulares, corresponden a comunidades que mantienen otro tipo de lazos con el entorno o ecosistema al que pertenecen. Comunidades que se han mantenido un tanto al margen, ya sea por conveniencia, por exclusión o un poco de ambas. Sus concepciones y relaciones con esa alteridad son distintas, aunque cada cierto tiempo se integran a un imaginario colectivo más grande producto del continuo fluir de afectividades.

Antes de continuar debo aclarar que no me refiero a la ficción como género literario, o para denostar la efectividad de las ficciones literarias, cinematográficas o teatrales para contar un hecho, señalar o revelar una problemática. En ese sentido sabemos que las ficciones son capaces de virtualizar y problematizar ciertas creencias de realidad.

Entonces ¿En qué sentido me refiero a la ficción? 

Hablo concretamente de la ficción/naturaleza, de la misma que habla Donna Haraway cuando dice:

“La naturaleza no es un lugar físico al que se pueda ir, ni un tesoro que se pueda encerrar o almacenar, ni una esencia que salvar o violar (…) No es el ‘otro’ que brinda origen, provisión o servicios. Tampoco es madre, enfermera ni esclava; la naturaleza no es una matriz, ni un recurso, ni una herramienta para la reproducción del hombre (…) La naturaleza tiene que ver con cambiar (…) La naturaleza para nosotros y nosotras está construida, como ficción y como hecho”.

– Donna Haraway (1999) Las Promesas de Monstruos: una política regeneradora para otros inapropiados/bles

La naturaleza entonces está construida en tres niveles, el primero es aquella imagen (en las redes sociales, por ejemplo) que nos recuerda que hay un algo más allá de esa foto de un toro desangrándose en el ruedo, o del cazador con su trofeo; más allá de la nota periodística del incendio forestal o más allá de una imagen tan cursi:

Corte transversal de un árbol y una huella digital emparejados que hacen notar su parecido.
“Los humanos y los árboles somos hijos de la misma naturaleza”. (Tomado de Facebook)

Pero haciendo un segundo análisis nos encontramos que estas imágenes son signos, pero que estos signos no son la naturaleza, aunque a veces pueda a-parecernos lo real, y que representan una realidad, y una ideología estética de salvación (cuasi religiosa).

Parecería que hemos olvidado que la realidad es independiente de la significación y que todo lo que no percibimos con los signos (normalmente sólo entendemos a través de ellos) podría estar allí y manifestarse”.

– Humberto Chávez (2005) Tiempo Muerto.

Es decir la creencia de realidad: N-A-T-U-R-A-L-E-Z-A está legalizada en distintos niveles, quizás en todas las culturas, dependiendo de su relación; pero en este lugar y en este tiempo ¿no será que hemos confundido el signo con lo que podría ser la realidad? Por qué me pregunto esto, no espero responder la pregunta de manera absoluta, ni que me resuelvan la ecuación, sino discutirla e ir dilucidando pequeños fragmentos en cada vuelta.

Lo que me interesa es entonces romper la síntesis entre signo y realidad, para poder mirar a través de la brecha y reconocerme (reconocernos) como parte de la naturaleza misma, es decir dónde está el límite entre la ciudad y el monte. Por ejemplo cuando hablamos de que la característica que nos permite competirsubsistir-existir-sobrevivir como especie es quizás nuestra inteligencia, orgullosos homo sapiens sapiens, es la característica misma que nos lleva a la destrucción, no de la naturaleza, sino de nuestra forma de vida, la obsolescencia programada es interesante, pero no creo que sea el problema, es acaso, una metáfora de la vida misma… los seres, como los objetos, deben desactivarse.  

Quisiera entonces reflexionar sobre la naturaleza misma, nosotros en la naturaleza; ya que pensar en la naturaleza como ente exterior, como sujeto de salvación, como proveedora, como sustento, me parece que es un remanente religioso, romántico, casi absurdo.

Daría la impresión de que la naturaleza se resiste a la ficción citadina  y la estabilidad del paisaje urbano provoca una suerte de mentira presencial. El límite no está ni en las construcciones, ni en los bordes de los caminos rurales sino en la ambigüedad de la percepción de lo natural, es decir, al salir de la casa, entre la puerta y el árbol, algo hay que no es, algo miente. Nuestro cuerpo/naturaleza se reconoce y se desconoce en la ficción que media la conquista de lo otro y lo natural.

“Podando entre los megalitos”. National Geographic, Stonehenge. Ca. 1950 (Aparece en Ed. Jun. 2008)

La naturaleza, o mejor dicho el ecosistema, está en un intercambio constante, un flujo que podríamos declarar eterno. En su nivel más simple y básico en tanto materia = átomo, o, vida = célula. El sistema intercambia energía y reacciones. Como especie, nuestra característica autoproclamada de seres inteligentes nos permite entablar ciertas formas de intercambio con las que entramos en juego, a formar parte de esta sinergia y entropía.

Producto de esos intercambios y las relaciones socioculturales, también juegan estas creencias de salvación; que por un lado se configuran como una suerte de religiosidad (Salvar o buscar la salvación es profundamente judeocristiano) y por otra una configuración de pensamiento antropocentrista heredera del siglo XVIII, pero así como juegan estas creencias y las actividades, artísticas, científicas, socioculturales (o lo que sea que quieran ser); también juegan la polución, el agente naranja, las tierras raras y los microplásticos, todo es materia, todo es natural; el sistema es eterno, nosotros ¿Quién sabe?

En ese sentido me apego a lo que Bauman señala como un flujo más de la ideología del capitalismo tardío [Quizás siempre fue tarde]:

“Incluso la nueva preocupación por los temas medioambientales debe su popularidad a la extendida percepción de la existencia de una conexión entre el mal uso predatorio de los recursos comunes del planeta y la amenaza que ello podría suponer para el desarrollo fluido de las actividades egocéntricas de la vida líquida”.

–  Zygmunt Baumam (2004) Modernidad Líquida.

Hay una presunción ecologista de hacernos creer que entendemos qué pasa con la naturaleza, finalmente es solamente una expresión más de otra maquinaria conservadora: la ecología es una estética. 

¿Realmente hay algo que salvar? Cuando, lo que sucede es que se nos está diluyendo lo matérico.

Karel Thole – The General zapped an Angel, 1970

 

Referencias:

  • Morton, T. (2019) Ecología Oscura. Barcelona: Editorial Planeta.
  • Haraway, D. Las Promesas de Monstruos: políticas regeneradoras para otros inapropiados/bles. University of California (Santa Cruz). Política y Sociedad, 30 (1999), Madrid (pp. 121-163).
  • Chávez, H. (2005) Tiempo Muerto. México: UAEM, et al.
  • Bauman Z. (2004) Modernidad Líquida. Argentina: Fondo de Cultura Económica.