De las caminatas en el encierro y otras serendipias

La reciente situación de confinamiento impuesta por la pandemia de COVID-19, no ha pasado por alto dentro del ámbito cultural, pues sus consecuencias ya se avizoran dentro de la producción artística, cuyos resultados aún estar por verse e investigarse a partir de la creación.

Por ello, no me es descabellada la hipótesis que propugna que debido a la reducción física del territorio, necesariamente haya una aminoración creativa, sino todo lo contrario, pues el encierro nos ha obligado a repensarnos y reinventarnos en dichos espacios confinados al mundo exterior, pero ricos en interioridad y espiritualidad, los cuales podrían constituirse como una especie de estímulo para la imaginación, en específico si se relacionan con el acto físico de abstraerse mentalmente al caminar.

Por ello, en el texto de marras se menciona que a finales del siglo XIX el escritor Xavier de Maistre, exiliado en Turín, fue condenado a arresto domiciliario por cuarenta y dos días por haber participado en un duelo prohibido. En lugar de sentirse apenado por esta reclusión forzosa, descubre el nuevo placer de viajar por el «charmant pays de l’imagination» (el encantador país de la imaginación1) (Maistre, 1829: 123).

Tal experiencia le produce tanto disfrute y enriquecimiento personal que decide escribir el libro Voyage autour de ma chambre (1829) (Viaje alrededor de mi habitación) para compartir con el público lo que para él es «une ressource assurée contre l’ennui» (un recurso seguro contra el aburrimiento) (Maistre, 1829: 2).

Me han prohibido recorrer una ciudad, un punto; pero me han dejado el universo entero: la inmensidad y la eternidad están a mis órdenes. […] ¿Es para castigarme que me habían relegado en mi habitación, en esta deliciosa comarca que contiene todos los bienes y todas las riquezas del mundo?) (Maistre, 1829: 124).

A lo anterior, yo agregaría que caminar alrededor de una habitación nos abre a otras posibilidades, máxime si esa habitación fuera una biblioteca o si en dicho cuarto hubiera libros, pinturas o una variedad de objetos que sirvan como catalizadores para que nuestros pensamientos se disparen, como una especie de serendipia propia de la investigación en arte, en donde dichos objetos funjan como una bitácora, o donde las cosas se conviertan en las anotaciones al margen que, a posteriori -o in situ– provoquen derivas creativas.

Al respecto, refiriéndose al famoso relato «El Aleph» de Borges -desde donde se ven todos los puntos del universo y, a la vez, todos confluyen-, escribe el autor español Enrique Vila-Matas (2010):

No lo dudemos más. Desde nuestro cuarto habitual, sin salir a calle alguna, nos ha sido dado el gran don (que tantas veces olvidamos) de ver la esfera que permite ver la simultaneidad del universo.

Y es que un espacio confinado, como el de una biblioteca, en cierta forma es un Aleph como el que prefiguraba Borges en su cuento. Después de todo, el libro es el compañero ideal en tanto que no se enfrasca en monótonas conversaciones, como algunas personas que podríamos tener en el asiento de al lado que buscan romper el hielo y sólo destrozan nuestra paciencia.

En cambio, el libro no pide nuestra atención, sino todo lo contrario: nuestra atención pide a gritos un libro para poder abstraernos del mundanal ruido. El libro es el viajero por antonomasia, ya que no sólo nos desplaza por la geografía física del mundo, sino de la imaginación.

Este don de la imaginación, es el mismo que provoca desplazamientos geográficos a partir de la abstracción mental o literaria, puesto que nos hace viajar ipso facto alrededor del globo, por países vastos e inmensos que se encuentran contenidos -o mas bien extendidos- a lo largo del espacio-tiempo interior que no encuentra límites -salvo la propia capacidad de imaginar y pensar-.

Por ejemplo, para el artista William Kentridge, caminar en círculos en su estudio tiene un poderoso efecto creativo. Este movimiento circular es lo que hace brotar sus ideas. Este artista afirma que

…caminar dando vueltas en el microcosmos del estudio –entre bocetos, fotos, fragmentos de ideas, trabajos empezados, proyectos abandonados, etc.– da lugar a una especie de «pensamiento periférico» particularmente fructífero» (Kentridge, 2017).

Es decir, que al caminar en el confinamiento de un mismo espacio seguro, que no nos exija demasiada concentración, paradójicamente provoca que uno entre a un vórtice reflexivo en el que se mezclan los fragmentos visuales de las paredes del estudio -o biblioteca- con una variedad de pensamientos actuales, de tal manera que se va forjando la energía que hace surgir las ideas creadoras.

En pocas palabras, estas caminatas confinadas son una manera de focalizar nuestros pensamientos tomando prestados elementos aleatorios que se presentan a nuestro paso. Luego entonces, caminar mientras se piensa es un pozo inagotable de recursos y riquezas interiores que nos brinda una libertad, una vía de escape que nos puede salvar de cualquier situación, como varios autores a lo largo de la historia del arte y la literatura ya han descubierto dejando constancia en sus escritos para la posteridad, para nosotros emprendamos las rutas propias.

Apolonio, Laura. 2021. «El viaje in situ. De cómo el caminar en espacios confinados puede potenciar la  imaginación». En: Benítez, Laura; Berger, Erich (coord.). «Artes en tiempos de pandemia». Artnodes, N.º 27: 1-9. UOC.