¿Y todo para qué o por qué la investigación artística importa?

En el ensayo «Why artistic research matters» de Coessens, Crispin y Douglas, sobre la importancia de la investigación en arte, asistimos a la argumentación sobre la naturaleza del espacio de investigación que existe para y por el artista, así como la supuesta división entre arte y ciencia, al tiempo que proponen una aproximación abierta a dicha investigación artística, abrevando de ambas posturas.

En su reflexión, estos autores se remontan a los antecedentes del arte, exponiendo un breve panorama histórico, en el cual da cuenta de cómo eran conceptualizados el arte y los artistas en el siglo XVII, subrayando el carácter elitista y cortesano de los patrones del arte, mecenas que, al mismo tiempo de fomentar la creación, la restringían, cediendo paso al siglo XVIII, en el cual el arte aparentemente se libera de esas ataduras, pero sin contravenir del todo las convenciones sociales.

Sin caer en un revisionismo histórico que necesariamente ocuparía un espacio más amplio, quisiera subrayar que a dicho periodo que muchos conocemos como Modernidad, se le contraponen otros conceptos más recientes que abonan a la discusión:

La noción de modernidad estética recubre, sin darle concepto, la singularidad de un régimen particular de las artes, es decir de un tipo específico de vínculo entre modos de producción de obras o prácticas, formas de visibilidad de dichas prácticas y modos de conceptualización de unos y otros. (Ranciere: 2002)

No es sino a finales del siglo XIX que los artistas pudieron mantener cierta independencia económica gracias al mercado, pero sin dejar de apelar al apoyo público y privado. Ya entrado el siglo XX, con el auge de los grandes capitales mundiales, el arte logra dar el salto del financiamiento privado al público, siendo la creación artística un capital en sí mismo, custodiado por las políticas de estado y validado institucionalmente a pesar de esa supuesta independencia creativa.

A este respecto, me parece que la relación politizada de la economía y el arte es aquella historia en donde se ha propiciado una transformación del discurso estético sobre gustos y moralidad en uno en donde prima racionalismo económico y la consecuente colusión política y social.

Ahora bien, en pleno siglo XXI la relación entre el estado y el arte se ha vuelto más ambigua, ya que ambos se han vuelto parte de un sincretismo en el cual el valor monetario y las exigencias del mercado se convierten en moneda de cambio, puesto que existe una preocupación generalizada entre la importancia social de la educación y la promoción cultural en los distintos estratos socioeconómicos.

El conocimiento se ha convertido en el foco principal del desarrollo económico y de mercado en las últimas décadas, llevándonos a hablar de una “sociedad del conocimiento”, que encuentra su símil en la “sociedad del espectáculo” de Guy Debord. Parece que vivimos en una “sociedad del conocimiento” donde simplemente este es un término de moda, como forma de conceptualizar y sintetizar los cruciales desarrollos socio-culturales, y donde sólo la investigación en arte puede contribuir a arrojar preguntas, tal vez respuestas, mas no certezas.