Aproximaciones a la Economía Política del Arte

¿Qué hay más “puro” y “verdadero” que el capitalismo financiero, que encuentra en el nicho del arte el microcosmos en que manifestar su auténtica naturaleza?
– Mario Perniola.

 

Desde la posibilidad de “la reproductibilidad técnica” enunciada por Walter Benjamin y pasando por los readymades de Duchamp y el Pop Art, el arte ha sido comprendido como mercancía y valor de cambio, a nivel de fetiche y a nivel ideológico se han suscitado debates. En el ámbito de lo ideológico se apoya “eso” que determina el valor de la obra misma y que la convierte en algo valioso, esta ideología es una pesada losa, cargada de historia y nostalgia, sobre lo QUE ES ARTE y lo QUE NO ES ARTE.

“Eso” es transfigurable dependiendo de la situación en la que se encuentra, permeado por diferentes sistemas, como puede ser la economía nacional o internacional, la situación política específica, los valores artísticos validados por las diversas instituciones, etc. Y que finalmente determinan el valor monetario de una pieza, que es también ideológico.

A mi juicio, el problema principal es que las instituciones manejan una ideología del arte que está cimentada desde el esencialismo, de aceptar el arte como una verdad, o de conferir una naturaleza, casi divina, etérea, aurática al Arte, que la convierte en un objeto/fetiche inalcanzable.

Si bien desde los sesentas del Siglo XX “todo puede ser arte y todos pueden ser artistas” esto llegar a ser solamente un espejismo, pues las grandes galerías, en comunión con los mass media, además de las redes sociales y los grandes especuladores, son quienes finalmente “consagran” a ciertos artistas cuya obra tiende a ser tomada como representante del arte en boga.

Con capitales suficientemente grandes interactuando en las altas esferas, hay también distintas corrientes ideológicas que representan intereses políticos/económicos dispares y en interacción dentro del gran ecosistema común. Perniola pone como ejemplo a la Saatchi Gallery en oposición a la Tate Gallery:

“La Tate Gallery se basa en el principio de que el patrimonio artístico constituye un bien común que debe ser accesible a todos con el fin de mejorar el nivel cultural de la población, y este principio es un aspecto importante del Estado social. La Saatchi Gallery se proyectó en cambio como una empresa especulativa que amplía la posibilidad de participación al mayor número posible de artistas y considera a su público como consumidores: aplica al campo artístico la lógica del neoliberalismo”. 

Perniola, M. (2016). El Arte Expandido. Madrid: Casimiro Libros.

Este arte esencialista del que se discute en las galerías, museos e instituciones, algunas de estas las mismas escuelas, no dista mucho de las ciencias duras que persiguen una verdad o argumentan poseer una verdad única. Hay un discurso de corte romántico sobre lo esencial del arte que atraviesa la más moderna de las políticas neoliberales, se conserva el templo y el ritual, pero el holocausto se ha transformado en dinero, criptomonedas o Non-fungible tokens (NFT).

 

¿Por qué el arte como ideología podría ser considerado un peligro?

 

En México, y quizás en otras regiones de América Latina también, el arte (o la cultura, o la economía naranja) es por ratos un adorno, o una medalla en el pecho del político o la institución que ostenta el poder. El arte puede ser un Complejo en Chapultepec o un Oxxo.

Es un asunto que tiene que ver con la mirada (Lacan) como menciona Hal Foster en “El Retorno de lo Real”. Porque la figura que ostenta el poder, sea el estado, la iglesia o el presidente, y que puede ser más o menos rígido en su proceder, es quien establece la pantalla/tamiz desde la cual se toma por válida una obra de arte. En un país como México, esto quiere decir que el Arte será, lo que el Estado declara como Arte.

Aquí retomaré lo que Perniola menciona sobre “El Giro Fringe del Arte” cuando habla sobre “El Palacio Enciclopédico” título de la Bienal de Venecia del 2013, en la que, con un ánimo de inclusión, similar al de la Saatchi Gallery, Massimiliano Gioni, organizó de tal manera la exposición, que la obra podría decirse, era la curaduría misma. Más allá de eso, en la exposición confluían obras de artistas consagrados, como obras de verdaderos outcasts como internos de hospitales psiquiátricos, o artistas de domingo, de hobby; de nuevo, todo puede ser arte.

Pero ¿Qué pasa cuando la cultura o el arte depende de una figura de poder que pretende concentrar todas sus fuerzas en un proyecto de nación que no admite el diálogo?

¿Qué pasa cuando lo fringe en este caso lo artesanal, lo producido por comunidades históricamente desfavorecidas pasa a ser la revindicación de un discurso nacionalista que es caduco en la actualidad y que poco tiene que ver con la dignificación de las poblaciones en cuestión? ¿Qué pasa cuándo estas poblaciones no son más que el pretexto para regresar al paternalismo estatal? ¿Qué pasa cuando además de ser un excelente discurso político, es una gran oportunidad de especulación económica en tanto valor agregado a productos de consumo en el gran mercado?

El problema no es que “todo pueda ser arte” sino que todo es como decir nada, cuando los conceptos se manejan de acuerdo a la agenda del poder que las enuncia.

 

[Yes, there are two paths you can go by, but in the long run

there’s still time to change the road you’re on]

 

Encuentro entonces dos caminos por los cuales fluye el artista/investigador. Este flujo puede ser el del camino del arte validada por el discurso de las instituciones que ejercen el poder, por ejemplo los Museos enfocados en la Historicidad del Arte apelan en gran medida al Arte Estético/Verdadero que para estas alturas no es más que un reduccionismo esencialista, o cultura de masas si se quiere decir así, pero este no es un alegato contra la historia del arte, sino un intento de problematizar el entendimiento del arte como un fetiche. El otro camino que veo es el arte como una aproximación, ya sea pragmática o teórica, a otros sistemas de conocimiento y experimentación; siendo el arte una forma de comprender determinados sistemas de creencias, pero sin conferir un estatus de fuerza mística (poder) en tanto discurso. El arte entiendo yo, siguiendo esta línea, encuentra o ejerce su poder al ser pensado como un elemento catalizador, un disparador de procesos.

El arte es la ficción del poder.