Sobre la Función del Arte

Cada que visita Nueva York, el punto de reunión obligado es el Génies, un café al norte de Manhattan, donde los platillos y bebidas tienen nombres como “Relativity Eggs”, “Cavalleria Rusticana Sallad”, “Big Bang Beer”; los muros muestran litografías de Jeff Koons, Andy Warhol, Damien Hirst y solo suena música culta: tonal cuando hay poca gente; dodecafónica si está lleno.

Manuel Fons. (2019). Breviario del vicio. 

En el cuento corto “Café cultural”, Manuel Fons imagina a un personaje que se reúne con sus mejores amigos neoyorquinos, un millonario de izquierda marxista, un ufólogo y una pintora conceptual que además lee los astros. Cada uno de estos personajes rebosa esnobismo, pero por supuesto, discuten temas de gran actualidad como la función del arte.

La función del arte en ese café ficticio es conferir cierto valor, cierto estatus de alta cultura, quizás contra-cultura, a sus asiduos clientes; ahí hay lugar para todo lo posmo, todo lo contra cabe en ese lugar; el arte es un fetiche. 

La cafetería en cuestión bien podría estar en una ciudad provinciana de México, es más, esta ciudad provinciana necesita este tipo de cafés para dar valor a sus barrios céntricos, que rezuman humedad y gentrificación, hay que elevar el valor cultural de la ciudad, la inversión extranjera lo requiere.

No es mi intención atentar contra el progreso, o contra el intercambio entre artistas y personas de distintas latitudes; pero creo que hay que remarcar la esencia de fetiche que tiende a cultivarse en ciertos establecimientos que, abanderados como galerías (restaurante/galería, bar/galería, hotel/galería, barbería/galería) refuerzan una tendencia de emplear el arte como discurso mercantil o de espectáculo, el arte se vuelve divertimento y objeto de consumo para un sector medianamente informado e interesado por temas de actualidad, pero que poco tienen que ver con una epistemología desde y para las artes.

Estos lugares suelen buscar el desarrollo de una audiencia leal, y afirman ser un punto de “distribución cultural” para la sociedad a la que pertenecen, como aspersores en un jardín. Noble es su lucha pero infructuosa, quizás poco sincera. Porque la “audiencia leal” siempre serán los ufólogos, las pintoras conceptuales (y astrologas), los marxistas acaudalados, los intelectuales de pose; que rondan por siniestros ministerios y hacen la parodia del artista. Que manejan el discurso del arte como una ciencia oculta, de lenguaje críptico y que no invita, sino que excluye a los miembros de la sociedad a la que pretende servir.

Volvamos a nuestro café:

“Cada uno intuye que el otro hace trampa cuando cita a Eco, McLuhan o Baudrillard, porque, sin importar el tema, siempre citan las mismas frases e ideas de dominio público; pero nunca se ponen en aprietos, porque delatar a otro sería delatarse. De manera que la conversación fluye armoniosa y hasta se permiten alguna polémica menor, confiados en que, al final, cada uno admitirá lo mucho que sabe el otro”(…)

Manuel Fons. Ibid.

No creo que podamos hablar de una función del arte, sino de una multiplicidad de funciones acordes al sistema de creencias en que se mueve el sujeto de la acción artística, sea un creador/productor, espectador, crítico o interpretante. Entonces esta función social/mercantil del objeto-ideológico-arte, es una que funciona más como concepto de comercialización, inscrito en la naturaleza del sistema capitalista, que como una forma de exploración o búsqueda de la producción de conocimientos desde las artes.

¿Por qué es posible ordenar una Cavalleria Rusticana Sallad mientras observamos una litografía de Jeff Koons, de Pedro Coronel o una reproducción-certificada-de-la-noche-estrellada-de-Van-Gogh? Porque esta concepción del arte es la resaca del siglo XIX, que a su vez es una resaca Kantiana; esta forma de concebir lo que es cultural, lo que es arte (o artístico) es una postura que mira al arte desde la estética.

“La estética se vincula al arte y lo concibe desde la perspectiva del espectador, del consumidor de arte, que le exige al arte la así llamada experiencia estética. Al menos desde Kant, sabemos que la experiencia estética puede ser una experiencia de lo bello o de lo sublime”.

Boris Groys. (2014). Volverse público. 

Este romanticismo flagrante es lo que nos ha permitido fundar toda clase de antros con la etiqueta de la alta cultura, de la contracultura, de lo posmo, pero que no tienen nada de alto, de contrario o de posmo, sino un buen sabor a drogas de diseño, cerveza cara y buenas fiestas; o también complejos millonarios fondeados por los contribuyentes; o artistas armados por brillantes galeristas con lengua de plata y habilidades para la especulación.

“La actitud estética presupone la subordinación de la producción artística al consumo artístico y, por lo tanto, la subordinación de la teoría estética a la sociología”.

Boris Groys. Ibid.

Entonces el arte se vuelve un pretexto ideal para vender conceptos como arte-terapia, o para crear negocios que incluyen la palabra “arte” como prefijo o sufijo en un afán de colocarse en el gusto del público consumidor.

Las instituciones gubernamentales hacen un uso igual o muy parecido del arte y la cultura como un objeto con función clientelar, entonces como menciona Groys, el arte es más un objeto de estudio para la sociología que para el arte en sí mismo. 

También pareciera que por ser artista, el sujeto debe de volverse una especie de mesías, salvador, superhéroe, es casi por defecto, que hay que adoptar una causa justa y volverse abanderado, demostrando nuevamente la dependencia de la ideología, ser buenos salvajes, parece que como humanos no tenemos derecho a la infamia.

Subrogar la función del arte a la estética, es dejar al artista en la posición del esclavo, mientras que el espectador se vuelve amo y a veces, la función no debe continuar. Mirar la producción artística desde la estética, implica dejar la producción artística a merced de las instituciones que administran las estéticas de poder y control, sea el mercado, el museo, el gobierno; en ese sentido el artista será aquel cuya praxis le permita fluir de acuerdo a los lineamientos dictados por la autoridad que valida los sistemas de creencias sobre lo que es estético.

“Clement Greenberg señala que un artista es libre y capaz de demostrar su maestría y gusto, precisamente cuando una autoridad externa le regula al artista el contexto de la obra”.

Boris Groys. Ibid.

¿Entonces dónde está el arte? No podemos caer en este tipo de cuestionamientos que nos llevarán necesariamente a establecer un lugar o una función determinada del arte, que nos llevarán a asumirnos como creadores poseedores de una verdad, es por eso que antes mencioné que el artista se vuelve un interpretante que significa un deber ser en la mirada del público conocedor y que nos regresa a una mirada estética sobre el arte.

“El arte no puede explicarse completamente como una manifestación del campo cultural y social «real», porque los campos de los que emerge y en los que circula son también artificiales . Están formados por personas públicas diseñadas artísticamente y que, por lo tanto, son ellas mismas creaciones artísticas”.

Boris Groys. Ibid.

Las preguntas pertinentes para encontrar una función o, en el sentido groysiano, podrían ser ¿Cómo fluyes? ¿Con qué te conectas? ¿Cuáles son tus problemas? ¿En qué problemática persistes? Hay que volvernos sujetos de un flujo comunicativo y dejar atrás el ser espectador que busca o espera encontrar una estética que será, necesariamente, la estética del poder. No hay mayor imposición de poder que la aceptación, o esencial o legal pública, que una estética. La estética es la ensoñación del arte decadente. Decimonónico, romántico, histórico. 

La función del arte es entonces la búsqueda de una poética personal. Deshabilitar el concepto estético por político. Es el reconocimiento del sujeto como modelador de actos culturales. Muchos dirán -ya lo hago, soy gestor cultural, o, soy carpintero, ya lo hago- ojalá lo creyeran,  porque entonces el arte dejaría de ser una función exenta de la vida social pública y pasaría a ser un flujo. Es apenas una sutileza, pero habría que considerarla y permitir el mirarnos desde ahí.

 

Referencias:

Manuel Fons. (2019). Breviario del vicio. Paraíso Perdido: Guadalajara.

Boris Groys. (2014). Volverse público. Buenos Aires: Caja Negra.

Clement Greenberg. (1979). Arte y Cultura. Barcelona: Editorial Gustavo Gili. S.A.