El arte contemporáneo y su función según San Boris Groys

El arte contemporáneo no deja de sorprenderme. El objetivo del arte contemporáneo es hacernos ver el mundo de otra manera. Nos obliga a plantearnos preguntas que tal vez preferiríamos evitar. Pero no puedo dejar de preguntarme: ¿Qué va a ser del arte contemporáneo cuando ya no sea contemporáneo? Cuando la tecnología nos haya traído nuevos sistemas de presentación audiovisual, ¿cómo se adaptarán o evolucionarán las distintas disciplinas contenidas dentro de lo que solemos llamar arte contemporáneo?

En ese sentido, quisiera referirme al texto Volverse público, de Boris Groys, en el cual transita sobre los cambios en las concepciones sobre el arte, sus tecnologías y sus instituciones desde el modernismo del siglo XX hasta el actual, de desarrollo y ampliación de internet, que sustentaría una nueva etapa. El abanico de temas en los que se enfoca es amplio: desde la revitalización post posmoderna de la religión, la estetización de la política, las concepciones de libertad en Occidente, las definiciones de qué es una obra de arte y qué un artista, hasta un análisis sobre las vanguardias soviéticas.

A lo largo del texto Groys hará algunas definiciones interesantes sobre la escena artística, que nunca deja de relacionar con su marco social más amplio: la comercialización del circuito, los cambios en los medios de producción y exhibición que lo condicionan y en los que, a su vez, ha intervenido la producción artística, e incluso los cambios en la vida cotidiana de la que forman parte.

Las más destacadas por la crítica son aquellas relacionadas con los cambios de comportamiento que supone la extensión del uso de internet y las redes sociales, que para el autor tendrían como precedentes los cambios en la subjetividad que prefiguraron las experiencias vanguardistas, aunque lo que en ellas había de utópico se ha transformado en aspectos distópicos. Por ejemplo, que el buscador de Google seleccione la aparición de una palabra desligándola de su contexto, subrayando aquello ya descubierto por el futurista italiano Marinetti: que hasta la “mala publicidad” es beneficiosa.

O que las redes sociales implican una exorbitante producción de imágenes mediante los cuales se construye una “autopoética”, una práctica iniciada por aquellos que en sus manifiestos y performances diseñaron sus propias narrativas públicas de sí mismos, experiencia que fue mercantilizada y que hoy constituye una omnipresente “monetización de la hermenéutica”, esto es, la traducción de nuestras búsquedas o posteos a intereses de consumo para una publicidad dirigida.

También hay abundantes referencias a Walter Benjamin como “arte aurático” o “iluminación profana”, pero las obras de arte nunca obtuvieron su precio del trabajo efectivo contenido en ellas medidos en términos de producción capitalista, sino que justamente han sido socialmente valoradas como su opuesto, aunque sean comercializadas de forma capitalista. Si esto ha cambiado y lo que está en juego es la subsunción de la producción artística al capital, es un problema central en la discusión sobre la cultura de masas, pero que no pasa por sus formas de comercialización.

Allí donde Groys está especializado, las vanguardias soviéticas, es donde hay más definiciones y desarrollos de conceptos. Y es que Boris fue formado en la URSS, se inició escribiendo sobre el “conceptualismo de Moscú”, una corriente que, durante las décadas de 1970 y 1980, trabajó en una vertiente del arte conceptual que en la época no podía llevarse bien con la estética soviética oficial. “Invitado a emigrar”, según relata, desde entonces ha dedicado sus estudios y cátedras universitarias a las transformaciones culturales en que se inscriben las producciones artísticas actuales

Groys abona sus argumentos con referencias teóricas y políticas donde no se niegan la omnipresencia del mercado y las instituciones de la sociedad capitalista, pero de donde se han eliminado los aspectos ligados a una perspectiva que pueda pensarse fuera de los condicionamientos de esta organización social. En esta falta de perspectiva por fuera del capitalismo, las críticas al funcionamiento del circuito artístico y aquellas destinadas a la sociedad contemporánea son naturalizadas como efectos de decisiones particulares.